La venganza del Charro Negro: una película no se anima sola

La octava entrega de Las Leyendas confirma el arraigo de una saga mexicana que ha acompañado a varias generaciones. Pero entre el cariño del público, las decisiones cinematográficas y las denuncias laborales, hay una industria que merece una mirada crítica.

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Pepe Moss

10/28/20265 min read

He de confesarles que nunca había visto una película de Las Leyendas, llegué a la premier de La venganza del Charro Negro sin conocer las aventuras de Leo San Juan, pero me sorprendió encontrar fans con cosplays y espectadores que recordaban haber visto las primeras entregas durante su infancia. No asistían solamente al estreno de una película: regresaban a un universo que había crecido con ellos.

En su primer día de exhibición, el 22 de octubre, la película recaudó $14,684,259 pesos y convocó a 308,066 espectadores . Según CineMedios, que atribuye las cifras al analista Edgar Apanco y a datos de Rentrak, fue el cuarto mejor debut histórico de una película mexicana y la primer película animada mexicana en alcanzar este raking. Una convocatoria que merece atención y admiración porque demuestra que la animación mexicana puede construir públicos que van más allá de un estreno.

Una fórmula que conecta y es predecible

Parte del encanto de La venganza del Charro Negro está en su sencillez; la mezcla de humor, terror y folclor mexicano construye una aventura accesible, con personajes entrañables y situaciones que conectan con nuestro imaginario popular. El problema aparece cuando esa sencillez se convierte en confusión, el desarrollo del conflicto resulta difícil de seguir, hay huecos argumentales y la resolución se siente demasiado breve para una película que tarda tanto en llegar a ella.

Además, es una película que rara vez baja el volumen, los personajes gritan la mayor parte del tiempo, las situaciones suceden una tras otra y los estímulos compiten constantemente por nuestra atención. En el cine, el silencio también comunica: una pausa puede expresar miedo, duelo o incertidumbre con más fuerza que una sucesión de gritos desesperados. Para mí, faltan esos espacios para respirar, sentir la tensión y compartir la incertidumbre de los personajes. En su lugar, a veces se acerca al exagerado dramatismo de una telenovela mexicana.

El personaje del Charro Negro remite al imaginario del cine de oro mexicano, particularmente a los charros que interpretaron figuras como Jorge Negrete y Pedro Armendáriz. También encontré situaciones que me recordaron a Stranger Things, La Odisea, Fullmetal Alchemist y las comedias de intercambio de cuerpos. Algunas referencias funcionan como guiños divertidos; otras se acumulan sin que siempre encuentren una identidad narrativa propia; incluso algunos personajes parecen sobrar en el eje central de la trama.

Y no digo esto porque sea una película sin encanto, es una película que confía tanto en mantenernos entretenidos que a veces olvida que también puede detenerse a contar y profundizar la complejidad de los personajes y de la historia misma; recordar que la animación son más que dibujitos.

Ocho películas, una identidad visual

Desde La leyenda de la Nahuala (2007), Las Leyendas ha construido una franquicia que forma parte de la memoria audiovisual de muchos espectadores mexicanos. Para dimensionar su lugar en la industria, conviene mirar las entregas más recientes de otras sagas animadas:

Toy Story 5 (2026) tiene un presupuesto de producción reportado de 250 millones de dólares; Minions & Monsters (2026), perteneciente al universo de Mi villano favorito, de 85 millones; y El gato con botas: El último deseo (2022), del universo de Shrek, de 110 millones.

Por supuesto, son producciones de otra escala industrial; en México, Infobae reportó un presupuesto de 20 millones de pesos mexicano para La venganza del Charro Negro. El Diario Oficial de la Federación confirma un estímulo fiscal EFICINE por ese monto, aunque no demuestra que corresponda al costo total de producción; falta publicidad e incentivos privados.

No se trata de exigirle a una película mexicana los acabados de una superproducción estadounidense, sino reconocer que con muchos menos recursos es una saga que llegó a su octava entrega y convocó a cientos de miles de espectadores, ¡es admirable! Porque el público valora más la cercanía de la historia que números e infraestructuras millonarias, aunque también hay un costo humano, pero de eso hablaré después.

La animación de esta entrega me pareció sencilla y, por momentos, cercana a una estética que recuerda a Huevo Cartoon o a ciertas convenciones visuales de Disney. Al comparar la primera película con esta última, me pregunté qué ha pasado con su propuesta gráfica. No afirmo que la saga haya perdido su identidad, pero sí me interesa saber si la continuidad de una franquicia debería preservar una identidad visual reconocible, en lugar de conformarse con una estética funcional para el mercado.

La evolución visual tampoco es un problema exclusivo de la animación mexicana. Basta observar las diferencias entre el Gato con Botas de Shrek 2 y el de El último deseo, o la controversia que generó el rediseño de los personajes de Shrek 5. Cambiar de estilo no es necesariamente retroceder: puede abrir nuevas posibilidades expresivas; lo que me preocupa es que la búsqueda de una estética comercial termine homogeneizando propuestas que podrían distinguirse entre sí. Para eso ya tenemos suficientes animaciones generadas por inteligencia artificial que circulan en TikTok emulando a Pixar. La animación mexicana necesita recursos, sí, pero también apuestas visuales que la hagan reconocible.

Estilo de ilustración en
La Leyenda de la Nahuala (2007)

La película no se anima sola

En mayo de 2026, Fuera de Foco publicó testimonios de extrabajadores de Ánima Estudios que denunciaron adeudos salariales, jornadas excesivas, falta de pago de horas extra y despidos injustificados. Uno de los entrevistados afirmó que más de 60 trabajadores, bajo distintas modalidades de contratación, tenían pagos pendientes.

Son denuncias periodísticas, no una sentencia que pruebe por sí misma cada señalamiento, pero tampoco podemos ignorarlas al hablar de una película terminada y estrenada comercialmente. Bien dicen que si el rio suena es porque agua lleva.

Reconocer el trabajo de quienes animaron esta historia no significa idealizar a la empresa que la produjo. Una buena taquilla no demuestra que todas las personas involucradas recibieron su salario ni que trabajaron en condiciones justas.

Los personajes que convocan a los fans no aparecieron por arte de magia, detrás de ellos hay artistas, animadores, técnicos y profesionales que dedicaron tiempo y conocimientos a construir un mundo que otros han hecho suyo. Podemos cuestionar las limitaciones narrativas y visuales de la película sin demeritar ese esfuerzo y podemos reconocer el valor de su trabajo sin utilizarlo para eximir a la industria de cualquier crítica.

No crecí con Las Leyendas, y quizá por eso miré la función desde cierta distancia. Encontré una historia sencilla que conecta con su público, una saga que ya forma parte de la memoria de muchos espectadores y una película que, en lo cinematográfico, me dejó más preguntas que respuestas.

Que una franquicia forme parte de nuestra cultura no significa que debamos idealizar todo lo que ocurre a su alrededor, o dentro de ella. Si queremos que la animación mexicana siga contando historias durante veinte años más, no basta con que el público vuelva a las salas, también necesitamos que la industria cuide a quienes hacen posibles esos mundos, porque una película no se anima sola.

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