El artista como traductor: escuchar para hacer visible lo que otros quieren decir

El artista visual Felipe del Castillo entiende el arte como una forma de comunicación y plantea que interpretar la expresión de otras personas exige escuchar antes de crear. Desde su proyecto Demacrados y Folie Créative, hasta su concepción de la obra como un mensaje que finalmente pertenece al mundo, propone otra función para el artista: traducir sin borrar a quien habla.

ENTREVISTAIDEASARTEDESTACADO

Pepe Moss

9/18/20266 min read

Casi todos tenemos una idea del artista: un genio sensible que, con base en inspiración y talento, logra sacar lo que lleva dentro, pintar, dibujar, esculpir, escribir, ¡expresarse! Pero ¿qué pasa si, en lugar de eso, el artista acompaña a las personas a expresar lo que sienten, piensan e interpretan?

Para el artista visual Felipe del Castillo, el arte no se agota en lo estético ni en la habilidad técnica: «el arte va más allá de lo estético, del cuadro bonito», explica en una entrevista exclusiva para Lumus. En su perspectiva, el arte tiene una utilidad en la vida y participa incluso en la manera en que trabajamos nuestras emociones y nuestro sentido de vida. Ser artista, por eso, no consiste únicamente en saber pintar, sino en «cómo poder dejar algo al mundo a través de una de las partes de la civilización humana, que es el arte».

Esta idea también modifica la manera de entender el arte como lenguaje. Para Felipe, antes que la palabra está la imagen: aprendemos a comunicarnos a partir de observar, escuchar e imitar. «El ser humano aprende a hablar a través de imitar», dice, y esa interacción ocurre «antes de poder saber por qué decir una palabra». Para mí, una de las preguntas más interesantes sobre su trabajo no es qué pinta, sino qué escucha antes de hacer arte.

Escuchar al otro antes de interpretarlo

Demacrados, su tesis universitaria, partió del trabajo con personas con trastornos mentales. Felipe del Catillo conversaba con ellas, escuchaba lo que querían comunicar y, a partir de esa interacción, intervenía sus expresiones visuales. Su intención no era hablar por ellas, sino traducir aquello que había escuchado. Frente a una mirada que reduce a una persona a una etiqueta, su propuesta intenta hacer algo distinto: escuchar.

Cuando Felipe interviene artísticamente el trabajo de otra persona, no parte únicamente de la imagen que tiene delante. «Yo me pongo a conversar con el paciente, me pongo a conversar con la persona y entonces escucho realmente», cuenta. Su herramienta fundamental es lo que llama escucha activa: escuchar sin responder inmediatamente, sin decidir si lo que el otro dice está bien o mal, sin convertir la conversación en un debate.

El objetivo de ese ejercicio parece sencillo, pero tiene consecuencias importantes: que la persona deje de ser únicamente aquello que los demás dicen que es. «Ese pequeño ejercicio de escuchar de manera activa a otra persona genera un sentido de existencia; me siento importante porque alguien me está escuchando», explica el moreliano.

Ahí aparece una diferencia fundamental entre interpretar y diagnosticar; para Felipe, el problema de ciertas aproximaciones a los trastornos mentales es que terminan mirando primero la categoría y después a la persona. Por eso lo plantea de una manera contundente: «yo lo que busco es rehumanizarla. Entonces, para eso escucho al paciente y no al inconsciente colectivo de 500 años de que la locura es malvada».

Folie Créative nace de esa búsqueda: el concepto —“locura creativa”— intenta reivindicar tanto al llamado “demacrado” como a la propia idea de locura, pero también cuestiona una concepción del arte como territorio reservado para unas cuantas élites. Para Felipe del Castillo, si el arte es una necesidad humana primordial, comunicar también forma parte de esa experiencia. Y aquí el artista deja de ser solamente creador para convertirse en intérprete.

Cuadro que integra la tesis Demacrados

Traducir sin desaparecer al otro

Interpretar siempre implica tomar decisiones. Felipe lo reconoce cuando explica que una persona ajena a la experiencia de quienes participaron en Demacrados podría no comprender necesariamente el sentido de sus colores, formas o imágenes. Por eso describe la obra como «un mensaje decodificado a través de los ojos del artista».

Pero decodificar no debería significar sustituir. El artista visual explica que en su trabajo intenta «depurar unas partes que generan ruido para no alarmar al espectador», con la intención de facilitar la comprensión de aquello que el paciente quiere comunicar. La diferencia está en qué se intenta hacer visible: «quién es él, no qué tiene».

Esa distinción me parece central para entender su concepción del artista como traductor: una traducción no consiste en hablar más fuerte que el otro, sino en encontrar una forma distinta para que aquello que dijo pueda llegar a alguien más. Felipe lo formula a partir de una pregunta que atribuye al psiquiatra Jean Nouri: «¿Cómo compartir el decir sin desaparecer?». Y esa pregunta termina convirtiéndose en una especie de principio ético para su práctica: «¿cómo puedo yo compartir el decir de alguien más sin que se desaparezca por mí, por mi esencia?»

La respuesta que propone es que la esencia del artista debe servir para enfocar el discurso de alguien más, no para apropiárselo: «mi esencia tiene que impulsar, tiene que enfocar el discurso de alguien más para que ese discurso sea visto y entendido para los demás», afirma.

Es una concepción que también modifica la idea de autor; el artista no desaparece, pero tampoco debería convertirse en protagonista cuando está intentando comunicar la experiencia de alguien más. Para Felipe, el riesgo es que la interpretación termine convertida en “un discurso egoísta y narcisista”. Por eso insiste: «los artistas somos comunicadores», pero para saber qué comunicar primero hay que aprender a escuchar.

Felipe del Catillo en la presentación de Demacrados en 2021

Cuando la obra deja de ser del artista

Hay una segunda traducción que ocurre después, cuando la obra abandona las manos de quien la creó: «en el momento en el que la obra sale del estudio del artista, ya no es del artista», dice Felipe del Castillo. La exposición, la compra o simplemente el encuentro con un espectador abren otro proceso de interpretación.

Para explicarlo recupera la idea de Hans-Georg Gadamer sobre la experiencia antropológica del arte y sus conceptos de juego, símbolo y fiesta. En términos sencillos, la obra adquiere nuevas posibilidades de significado cuando alguien interactúa con ella, el espectador puede encontrar elementos que el propio artista no había visto originalmente y, con ello, «cambia completamente el discurso y es ahí cuando la obra deja de ser del artista y se vuelve parte del mundo», concluye.

Hay algo particularmente interesante en esta idea: si el artista es un traductor, tampoco controla completamente el resultado de su traducción. Primero interpreta la expresión de alguien más; después, otra persona interpreta su interpretación. El arte se convierte entonces en una cadena de perspectivas. Eso explica también por qué Felipe no entiende su trabajo como una demostración de habilidad técnica. «El arte existe para proponer», afirma. No se trata de un mensaje vacío de “mira quién soy”, sino de «mira qué pienso, mira cómo estamos, mira lo que debemos, hay que despertar».

En su concepción, el artista observa la realidad, la cuestiona y la recrea. Incluso plantea que su función puede ser incomodar: «el artista que incomoda es el que trasciende, porque demuestra lo que el espectador no quiere ver». Quizá por eso la pregunta que atraviesa su trabajo no sea solamente qué puede decir el arte, sino cómo puede conseguir que alguien más sea escuchado a través de él.

Felipe del Castillo trabaja desde esa tensión, interpretar sin apropiarse, transformar sin borrar, crear sin convertir al otro en un pretexto para hablar de uno mismo. Y eso, para mí, es admirable, porque explora una de las posibilidades menos obvias del arte: no siempre tiene que servir para que el artista diga quién es. A veces puede servir para que podamos descubrir quién es alguien a quien nunca habíamos aprendido a mirar.

Vale la pena acercarse a su trabajo con esa pregunta en mente. No sólo para observar qué hizo Felipe del Castillo, sino para preguntarnos qué otras voces aparecen cuando una obra deja de ser únicamente de quien la creó y comienza, como él mismo dice, a formar parte del mundo.

Exposición de Demacrados

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