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De cuando la androginia marcó la elegancia: Coco Chanel

Posted on Ago 19, 2020 by in Moda | 0 comments

Si pudiéramos resumir la vida de Coco Chanel en una frase, sería aquella que la diseñadora pronunció con su cigarrillo entre los dedos y la mirada fija: «No es la apariencia, es la esencia; tampoco el dinero, es la educación. No es la ropa, es la clase».

Es más, es una frase que sigue imperando en los diseños del Chanel actual; de esa gran casa que hoy tiene a Virgine Viard a la cabeza, luego de que el gran Karl Lagerfield nos dejara en 2019. Chanel. Probablemente no hay marca más reconocida en el mundo de la moda y todos saben de qué se trata: Los Simpson homenajearon uno de los diseños más clásicos; Jackie Kennedy portaba un traje Chanel cuando ocurrió la tragedia que todos conocemos y Camila Parker usaba los diseños para molestar a Lady Di.

Pero esa esencia tan elevada —y al mismo tiempo popularizada— llegó de la mano de la creadora de todo: Coco Chanel. 

De Gabrielle a Coco

Poco podemos decir de ella que no se sepa ya. Gabrielle Bonheur Chanel nació en Francia, trabajó como vedette y adoptó el apodo de Coco. Sin embargo, su talento la llevó de convertirse de una coqueta cantante en cafés, a una coqueta diseñadora de sombreros, cuya primera tienda llamada “Chanel Models” se ubicaba en Rue Cambon, en París.

Coco era libre y disfrutaba de su sexualidad como pocas damas lo hacían. Coco era coqueta. Coco gozaba de su vida. Coco amaba ser adorada. Coco era guapa. Coco era linda. Coco era Coco… pero la pequeña Coco fue humillada por hombres, utilizada por hombres y pisoteada por hombres. 

Así, ante la osadía de los caballeros que la miraban cual objeto, Coco Chanel decidió comportarse como uno de ellos y darles una probada de la arrogancia con la que se movían por el mundo. No quiso seguir el juego machista del dominante, en el que ella era la damisela secuestrada en apuros, sino que se convirtió en el aventurado caballero, pero mucho más atractiva.

Androginia = sexyness

Poco después de que su tienda de sombreros se convirtiera en la sensación de París, las mujeres de alta alcurnia la visitaban con el afán de vestir bien. Haciéndolas partícipes de su transformación a un ser dominante, Gabrielle agregó otras prendas que, sin pensarlo, serían un parteaguas en esta liberación: pantalones.

Los hombres, al pasar por los aparadores de la elegante boutique, creían que había ropa para ellos y entraban esperanzados buscando un buen pantalón que hiciera juego con sus ostentosos zapatos y relojes, pero se topaban con cinturas estrechas y piernas más cortas que las suyas en las prendas. De pronto, esa pieza tan masculinizada no era para ellos, sino para sus esposas.

Hasta ese momento, ellas eran una especie de accesorio y complemento, por lo que Coco quiso darles el poder que sus atolondrados maridos o prometidos sentían al caminar por las calles: siempre despampanantes, enfundados en gruesos textiles. ¿Qué tenía la tela que los convertía de simples humanos a seres “superiores”? NADA.

Ellos, como históricamente ha ocurrido siempre, se contoneaban con las piernas cubiertas de materiales caros, creyendo que merecían el cielo por el simple hecho de no mostrar su cuerpo para el consumo de otros. Los pantalones les daban seguridad y con ello, poder.

Coco, siguiendo ese principio, empezó a usar pantalones en el día a día. Eliminó las faldas largas de su guardarropa, se deshizo de esas prendas que evidenciaban su figura y se despojó del papel femenino chesy, casi infantil. Se convirtió en un ejemplo para otras mujeres, demostrando que todas podían portar esa prenda y ser tan imponentes como sus esposos, las incitó a dejar de ser el complemento y a mostrar dominio sobre sí mismas, sobre sus cuerpos. 

Eran los años 20 y la hazaña se vislumbraba atrevida y fugaz, pero fue impregnante, casi como una mancha de vino en una camisa de algodón blanco y puro. Así, las mujeres se metieron en los pantalones, junto a Coco, y reinaron las calles de París. De pronto, las faldas y vestidos dejaron de ser un atractivo visual para los hombres y fue el poder femenino lo que se adueñó de la confianza de las mujeres y de sus prendas. ¿El ojo masculino, qué?

En la tienda, junto a los pantalones, colgaban gabardinas ligeramente más ajustadas en la cintura para enmarcar el cuerpo, inclusive, había mujeres más atrevidas que no usaban más que ropa interior debajo de ellas y vaya que les daba seguridad. También había chalecos de tweed cuyo poder se encontraba en el tejido.

Éste, tan característico en la ropa masculina de principios del siglo XX, se convirtió con el paso de los años en un símbolo —quizá el más importante y obvio— de Chanel. Conservó la exclusividad por la hechura y eso enaltecía cada pieza. Desde entonces, las prendas realizadas con este tipo de tejido tan sofisticado y para caballeros, son la marca de la marca. 

Pero Chanel no quería mujeres disfrazadas de hombres, sino mujeres ataviadas en ropa a su gusto y gana, sin pretensiones y sin dejar de lado la “feminidad” que reinaba en el París de principios de siglo. Entonces, empecianda en crear su propio concepto de female dominante y audaz, Chanel agregó perlas blancas a sus creaciones. Puso plumas, oro, pamelas y más. De este modo, su tienda convertía a las clientas en mujeres empoderadas y fabulosas, vestidas al último grito de la moda, pero con todo el poder que un hombre de aquellos años presumía tener. 

El nuevo sexyness parisino se vestía de caballero, pero nunca para imitarlos ni mucho menos para satisfacer el vulgar antojo de los hombres, sino para fomentar equidad. Gracias a este atrevimiento, otras marcas que surgieron en el mercado incluían diseños unisex o bien, normalizaron el uso de ciertas prendas y cortes en cuerpos femeninos.

Chanel introdujo el estilo y los bolsillos, los pantalones y el tweed, pero también lo vivió y lo portó orgullosa con clase y estilo. Coco nos dio un empujón a la androginia y ésta transformó el significado de elegancia. El resto es una historia complicada y transgiversada, pero no deja de sorprender la audacia con la que Gabrielle Chanel se movió en la moda, en un mundo dominado por hombres necios que vestían bien, pero nunca mejor que ella.

Diana Garrido

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